El Valle de la luna
El Valle de la luna Cuando la orquesta terminó de tocar el vals, Billy y Saxon se encontraban en ese instante ante la gran entrada de la sala de baile. La mano de ella descansaba ligeramente sobre el brazo del muchacho, y se deslizaban en busca de algún asiento cuando Charley Long, que evidentemente recién habÃa llegado, se abrió paso y se plantó enfrente de ellos.
—¿De modo que usted es el meterete, eh? —le preguntó. Su rostro mostraba malas intenciones, y estaba encendido, amenazante.
—¿Quién…,yo? —le preguntó suavemente Billy—. Debe ser algún error, compañero. Nunca he sido un meterete.
—Le saltaré la cabeza si no se hace humo rápidamente.
—No quisiera que ocurriese eso por nada del mundo —balbuceó Billy—. ¡Vamos, Saxon, vecinos de esta clase no son muy sanos para nosotros!
Comenzó a caminar con ella, pero Long le enfrentó nuevamente.
—Usted es muy fresco, joven —gruñó—. Lo que necesita es salarse un poco, ¿entiende? Billy se rascó la cabeza y puso una cara muy asombrada.
—No, no entiendo —dijo—. ¿Qué ha dicho, precisamente?
Pero el enorme herrero se volvió desdeñoso y se encaró con Saxon.