El Valle de la luna

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Dos días después, aunque había jurado que no quería tener nada más que ver con ese instrumento del diablo, le permitió a Saxon que lo ayudara a afeitarse nuevamente. Esa vez la cosa fue más fácil.

—No es tan malo —reconoció él finalmente—. Ya le voy tomando la mano. Uno puede afeitarse de la manera que desea, liviana o fuertemente. Los barberos no pueden hacer eso. A veces me hacen doler la cara.

Después todo resultó un éxito completo, y la culminación tuvo lugar cuando Saxon le ofreció una botella de agua de castañas. Luego, el mismo Billy se convirtió en el más activo de los propagandistas. No podía aguardar hasta que Bert le visitara y llevó todos los implementos a la casa de aquél para realizar la demostración.

—Durante todos estos años hemos sido unos tontos, Bert, corriendo para hacer turno en la peluquería. Mira esto ¿te das cuenta? Mira cómo se fija. Es suave como la seda. Y tan fácil… ¡Así! Tarda seis minutos, controlados por reloj. ¿Acaso puede ser superado? Y cuando le tome la mano lo haré en tres minutos. Y puede usarse hasta en la oscuridad, debajo del agua. Y no te cortarías aunque te dieras maña para hacerlo. Y se ahorran veintiséis dólares al año. Saxon fue la que se dio cuenta de todo esto, sí, realmente es un tesoro, yo sé lo que te digo…


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