El Valle de la luna
El Valle de la luna Bastante perturbada Saxon comenzó a hacer las tareas de la casa. Ya no siguió confeccionando más sus bonitas labores. Los materiales costaban bastante dinero y no se atrevía a hacerlo. El directo que Bert había lanzado había dado en el blanco. Persistía dentro de su conciencia temblorosa, como si fuese una hoja de acero que no terminara de dar vueltas y de retorcerse. Tanto ella como Billy eran responsables de esa débil existencia que estaba por nacer. ¿Estaban seguros de que sería bien alimentada, vestida y que podía ser bien preparada para enfrentarse con el mundo? ¿Qué garantía tenían? Lejanamente, como una bendición, recordaba los duros tiempos que ya habían pasado, y las quejas de los padres actuales volvían a su memoria y tenían un nuevo significado. Y casi podía comprender el lamento crónico de Sara.
Saxon ya sentía toda la acritud de la situación en el vecindario, que estaba habitado por familias de operarios de los talleres que se habían declarado en huelga. Durante las compras diarias podía respirar el aire del desaliento entre los dueños de los pequeños comercios. La ligereza y la alegría parecían haberse desvanecido. En vez, la tristeza se adueñaba de todo. Las madres de los niños que jugaban en la calle, mostraban bien a las claras el ánimo ensombrecido. Estaban de pie delante de sus puertas con los rostros ensombrecidos, sin sonrisas, con las voces apagadas.