El Valle de la luna

El Valle de la luna

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Mary Donahue, que siempre consumía un litro y medio de leche, ahora sólo le compraba medio litro al lechero. Habían desaparecido los paseos familiares hasta los cinematógrafos de barrio. Y también resultaba más difícil obtener bofe en las carnicerías. Nora Dalaney, que vivía a tres puertas de Saxon, ya no compraba pescado los viernes. En su mesa ahora había bacalao, y no precisamente de la mejor calidad. Los muchachones que corrían por las calles durante las horas de la comida, llevando en sus manos enormes trozos de pan con manteca y espolvoreados con azúcar, ahora devoraban rebanadas más delgadas apenas untadas con manteca y sin azúcar arriba. Pero esa costumbre fue haciéndose más rara a medida que transcurría el tiempo, y algunos chicos no comían nada entre el almuerzo y la cena.

En todas partes se ahorraba más, se reducían y apretaban los gastos y, también, reinaba el descontento. Las mujeres, como los niños, se encolerizaban entre sí por cualquier motivo, y mucho más a menudo que antes. Saxon sabía que Mary y Bert chocaban continuamente.

—Si ella comprendiera que yo tengo mis propios rompederos de cabeza —se lamentó Bert delante de Saxon.


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