El Valle de la luna

El Valle de la luna

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Ella le miró fijamente y sintió miedo por él, pero de una manera vaga y misteriosa. Sus ojos negros parecían arder enloquecidos. El rostro oscuro estaba más delgado, con la piel que le ceñía los pómulos. Había un leve retorcimiento en los labios, helados y amargados. También los movimientos de su cuerpo, y la manera cómo llevaba el sombrero, proclamaban una audacia que antes no tenía.

A veces, durante las tardes largas, mientras permanecía sentada frente a la ventana con las manos ociosas, reconstruía la imagen de la migración de su gente a través de las llanuras, de montañas y de desiertos, sobre aquella tierra en la que se ponía el sol hacia el lado del mar occidental. Y soñó que se encontraba en la Arcadia con sus gentes, cuando no vivían en las ciudades ni se encontraban abrumados por las uniones obreras o por las asociaciones patronales. Y recordó los relatos de las gentes antiguas que se bastaban a sí mismas, que cazaban la carne que consumían, que cultivaban las hortalizas, que eran sus propios herreros, carpinteros y zapateros, y que tejían ellos mismos las ropas que vestían. Y en algo indefinido de la mirada de Tom, cuando hablaba de pedir tierra de cultivo al Gobierno, también había el recuerdo de toda esa vida.



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