El Valle de la luna

El Valle de la luna

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Pensaba que la vida de granjero debía ser hermosa. ¿Por qué razón la gente debía vivir en ciudades? ¿Y por qué cambiaban los tiempos? ¿Si antes había habido bastante de todo, por qué no sucedía lo mismo ahora? ¿Y por qué los hombres tenían que pelear, reñir, alterarse, golpear por conseguir trabajo? ¿Por qué no había trabajo para todos?… Justamente, esa misma mañana, y tembló al recordarlo, había vista a dos tiñosos[29] camino hacia el trabajo que habían sido agitados por huelguistas, por hombres que ella conocía de vista o por sus nombres, y que casi siempre vivían en las proximidades. Había ocurrido precisamente frente a su casa. Había sido cruel, terrible…, y fueron una docena, dos docenas de hombres. Y también los chicos comenzaron a tirar piedras sobre los «tiñosos», a injuriarlos como si fuesen verdaderos hombres y no niños. Pero policías con pistolas desenfundadas acudieron prestamente, y los huelguistas se desbandaron entrando en sus casas, o en los pasillos que había entre casa y casa. Uno de los «tiñosos» había sido conducido desfalleciente en una ambulancia, y el otro, ayudado por la policía ferroviaria, fue alejado en dirección a los talleres. Mary Donahue, con sus niños en brazos, le endilgó unos insultos tan envilecedores que el color afluyó al rostro de Saxon. En la entrada de su casa, contemplando cómo esos hombres eran corridos y azotados, estaba Mercedes, que tenía en el rostro una sonrisa muy extraña. Parecía ansiosa, tenía las aletas de la nariz muy dilatadas, como si sintiera cierto placer al ver de qué modo descargaban golpes sobre esos pobres infelices. Saxon pensó en este instante que esa mujer no estaba alarmada, que sólo sentía curiosidad.


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