El Valle de la luna
El Valle de la luna Y fue en busca de Mercedes, que tanto sabÃa del amor, para tener alguna explicación de lo que estaba ocurriendo en el mundo.
Pero la sabidurÃa de la vieja en cuestiones industriales y económicas era confusa, difÃcil de digerir.
—SÃ, querida, es muy simple. La mayorÃa de los hombres nacen estúpidos. Son verdaderos esclavos. Otros, unos pocos, nacen más inteligentes. Son los amos. Creo que es Dios quien hace asà a los hombres.
—Entonces ¿qué hizo Dios ante ese terrible azotamiento que se produjo esta mañana frente a mi casa?
—Me temo que no se interese por eso —dijo Mercedes y sonrió—. También dudo que sepa algo de lo que ha ocurrido.
—Yo estaba mortalmente asustada —dijo Saxon—. Realmente, me enfermó. Y sin embargo usted, que también lo veÃa todo, parecÃa frÃa, complacida, como frente a algún espectáculo.
—Fue un espectáculo, querida.
—Oh, ¿cómo puede usted decir eso?