El Valle de la luna
El Valle de la luna —SÃ, sÃ, porque he visto matar hombres. No tiene nada de extraño. Todos los hombres mueren. Y los estúpidos mueren como bueyes y sin saber por qué. Y es bastante cómico comprobarlo. Se golpean con puños y garrotes y se rompen mutuamente la cabeza. Es algo grosero… Es como si fueran muchos animales, o como perros que se disputan huesos. Los empleos son como huesos, usted lo sabe. Pero si pelearan por mujeres, o ideas, o barras de oro, o diamantes fabulosos, sà que serÃa magnÃfico. Pero ocurre todo lo contrario: sólo son hambrientos que se disputan migajas para sus estómagos.
—¡Oh, si pudiera entender todo lo que ocurre! —murmuró Saxon con las manos fuertemente entrelazadas por la angustia de no saber y por la necesidad vital de comprenderlo todo.
—No hay que entender nada. Es tan claro como un estampado. Siempre existieron los estúpidos y los inteligentes, el esclavo y el amo, el prÃncipe y el campesino, y siempre existirán.
—Pero ¿por qué?
—¿Por qué un campesino es sólo un campesino, querida? Simplemente, porque es un campesino. Por ejemplo ¿por qué una mosca es una mosca?
Saxon agitó la cabeza haciendo una mueca.