El Valle de la luna

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III

Almorzaron al aire libre en un comedor que tenía árboles en vez de paredes, y Saxon observó que Billy pagó por los cuatro. Conocían a mucha gente de las otras mesas, y los saludos y las bromas iban y venían. Bert parecía muy dueño de Mary, hasta llegar a ser casi insolente. Por ejemplo, hacía descansar su mano sobre la de ella, y la atrapaba y la retenía, y en un momento determinado le arrancó dos anillos que ella tenía y durante largo rato se negó a devolvérselos. A veces, cuando le rodeaba la cintura con el brazo, Mary se zafaba rápidamente. En vez, en otras ocasiones, simulaba estar enojada pero le permitía abrazarla.

Saxon hablaba poco y observaba muy fijamente a Billy Roberts. Se complacía pensando que él haría las cosas de una manera muy diferente…, si es que alguna vez tenía ocasión de hacerlas. De cualquier manera, nunca molestaría a una muchacha del modo como lo hacían Bert y muchos otros. Con la mirada trató de medir la amplitud de los hombros de Billy.

—¿Por qué le llaman el «Gran Billy»? —le preguntó ella—. Usted no es tan alto …

—No —asintió él—. Sólo tengo cinco pies, ocho y tres cuartos. Sospecho que debe ser por el peso.

—Pelea con ciento ochenta —interrumpió Bert.


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