El Valle de la luna

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Se inclinó sobre ella y le apretó los músculos del brazo. La presión de los dedos era firme y honesta, X Saxon sintió cierto deleite ante esto. Había un indefinido embrujo en ese hombre-muchacho. Si hubiese sido Bert u otro hombre quien le palpara el brazo, se habría sentido irritada. Pero este hombre… «¿Es el hombre?», se preguntaba cuando él terminó de sacar sus conclusiones.

—Sus ropas no pesan más que siete libras. Y siete…, a ver…, diremos que ciento veintitrés…, ciento dieciséis libras es su peso sin ropas…

Al oír esto, Mary exclamó con un agudo reproche:

—¡Billy Roberts, la gente no habla de esas cosas!

La miró lleno de una sorpresa que crecía lentamente.

—¿Qué cosas? —le preguntó.

—¡Y dale! Debería avergonzarse de sí mismo. ¡Hizo sonrojar a Saxon!

—No es cierto —negó la aludida con indignación.

—Si usted persiste, Mary, me hará sonrojar a mí —gruñó Billy—. Creo saber qué es correcto y qué incorrecto. No se trata de lo que se dice sino de lo que se piensa. Y Saxon sabe que yo pienso correctamente. Tanto ella como yo no pensamos para nada en lo que piensa usted.


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