El Valle de la luna
El Valle de la luna Todo eso le hacía doler el corazón, porque ahora recordaba los desagradables pensamientos que había tenido y amenazado la lealtad hacia su hombre durante la semana anterior. Después de todo, Billy, ese muchacho maravilloso, no era otra cosa que un niño, dotado físicamente de una manera espléndida, pero sólo un niño, su niño. Y había enfrentado y sufrido aquel castigo sólo por ella, por la casa y los muebles de Saxon, que al final eran de ambos. Eso era lo que quería explicar cuando decía: «Necesitábamos ese dinero». No era como ella había imaginado; sí, había estado bien en los pensamientos de Billy. Y allí dentro, en medio de su alma desnuda y triste, había seguido pensando en ella, en nosotros por encima de todo.
Las lágrimas le rodaban por las mejillas mientras se inclinaba sobre él, y creyó que nunca le había amado tanto como en ese instante.
—Toma, cuéntalo —dijo renunciando al esfuerzo y entregándole el dinero—. ¿Cuánto es?
—Diecinueve dólares con treinta y cinco centavos.