El Valle de la luna
El Valle de la luna —Está bien…, es el pucho del perdedor… Veinte dólares. Tomé algunos tragos, invité a un par de muchachos y después pagué los boletos del tranvÃa. Si hubiese ganado tendrÃa cien dólares. Por eso fue que peleé. Hubiéramos estado en situación cómoda durante algún tiempo. Tómalo, guárdalo, eso es mejor que no tener nada.
Cuando se acostó no logró dormir por el dolor que sufrÃa, y a cada momento ella se encontraba a su lado para cambiarle las compresas calientes que tenÃa sobre las heridas, para suavizar los rasguños con agua de castañas y colocarle «cold cream[31]» en las yemas de los dedos más doloridos. Y mientras tanto gruñÃa a intervalos, tartamudeaba, hablaba de la pelea, trataba de aliviarse, referÃa sus percances, expresaba su tristeza porque no habÃa ganado y en cambio habÃa perdido dinero, y daba a entender que su amor propio estaba lesionado; y esto último era lo peor de todo, peor aún que su estado fÃsico y el dinero que pudo haber ganado si hubiese vencido.