El Valle de la luna
El Valle de la luna Permanecía sentada allí, y por detrás estaba el humo de Oakland y, hacia adelante, a través de la bahía que contemplaba, el humo de San Francisco. Y sin embargo el sol, el viento eran buenos, como el penetrante aire salino que podía oler. Y también el cielo azul, con sus nubes que se arremolinaban, era algo bueno. Toda la naturaleza era buena, sensible, beneficiosa. El mundo de los hombres era lo malo, lo terrible, lo enloquecido. ¿Por qué los estúpidos eran estúpidos? ¿Acaso ésa era una ley de Dios? No, no podía ser así. Dios había hecho el viento, el aire y el sol. En vez, el mundo del hombre había sido hecho por el hombre, y aquélla había sido una tarea nauseabunda. Y sin embargo, recordaba perfectamente que en el orfelinato le habían enseñado que Dios lo había hecho todo. También su madre había creído en eso, en aquel Dios. Y las cosas no podían ser diferentes porque todo estaba establecido.