El Valle de la luna
El Valle de la luna Durante un instante Saxon quedó irremediablemente aplastada, pero después se rebeló, encendida por la protesta. Y en vano se preguntaba por qué Dios le había deparado eso. ¿Qué había hecho para merecer tal suerte? Rápidamente revisó su existencia tratando de hallar los pecados que podría haber cometido, pero no los encontró. Siempre había obedecido: a su madre, a Cady, el tabernero, a la esposa de Cady, a la superiora y a las otras mujeres cuando estuvo en el asilo de huérfanos, a Tom cuando vivió en su casa, y nunca se dedicó a dar vueltas por las caves porque él no lo quería. Y en la escuela siempre había ascendido por su propio esfuerzo, honorablemente, y jamás su conducta dejó de ser la mejor de todas. Y había trabajado desde que dejó la escuela hasta que se casó, y también había sido una buena obrera. El pequeño hebreo, encargado de la fábrica de cajas de cartón, casi lloró el día que abandonó el taller. Lo mismo sucedió en el establecimiento de envasado. Era una de las mejores de la fábrica de yute cuando ésta cerró sus puertas. Y siempre se mantuvo en el camino recto. Y no era fea y tampoco carecía de atractivos. Había conocido las tentaciones y los peligros. Algunos hasta habían enloquecido por ella. La habían perseguido y se habían peleado entre sí de una manera tal que cualquier muchacha hubiese perdido la cabeza. Y después había aparecido Billy, que fue como su recompensa. Y se había entregado a él, a su casa, a todo aquello que acrecentaría su amor. Pero ahora ambos se hundían profundamente en medio de la vorágine sin sentido, de la miseria y de la desolación de este mundo construído por el hombre.