El Valle de la luna
El Valle de la luna Y ahora se encontraba sentada, pero más aplastada y desesperanzada que cuando incluyó a Dios en el universo de la injusticia. Mientras existiera Dios, había la posibilidad de un milagro, de alguna intervención sobrenatural, de alguna recompensa bendita e inefable. Pero si Dios faltaba el mundo era una trampa sin remedio. Se sentía como un pajarillo atrapado por los chicos y encerrado en una jaula. Y eso sucedía porque el pajarillo era estúpido. Pero se rebeló. Se había agitado y revoloteado y había estrellado su alma contra la dura realidad de las cosas, de la misma manera que la avecilla contra las varillas de alambre. Pero no se sentía estúpida, y asimismo la trampa no le pertenecía. Debía existir alguna puerta de salida. Si los muchachos que hacían el dragado de los canales y los que fabricaban los durmientes para el ferrocarril, que era como decir los seres más inferiores de la tierra, habían encontrado el camino de salida y podían llegar a ser presidentes de la nación, según le habían enseñado a ella en la escuela, gobernando por encima de aquéllos que se consideraban inteligentes, de la misma manera podría encontrar su puerta de escape y lograría la modesta recompensa que anhelaba: Billy, sólo un poco de amor y de felicidad. Y le importaría poco que el mundo fuera inmoral, que Dios o la inmortalidad existieran. Estaba dispuesta a encaminarse a la tumba, permanecer en sus tinieblas eternamente, caer en los cubos de salmuera y permitir que los jóvenes cortaran su carne muerta para…, estaba dispuesta a todo si obtenía solamente una pequeña recompensa de dicha en esta vida.