El Valle de la luna

El Valle de la luna

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—¡Y usted dice que es anglosajona! —exclamó con desdén—. ¿Por qué asegura eso? Hay repisas llenas de libros así en la Biblioteca Pública. Tengo dos tarjetas para retirar libros y llevarlos a casa. Una es de mi madre y la otra es mía. Continuamente me llevo alguno, ya sea dentro de la camisa, o sobre el pecho, o debajo de los tiradores. Éstos los sujetan bien. Cierta vez estaba repartiendo periódicos en Market y la calle Dos, y por allí se estaciona una banda de muchachos terribles, y entonces me trabé en una gresca con el cabecilla. Me golpeaba como si quisiera hacerme expulsar todo el aire que guardaba adentro, pero dio justo en un libro. Debía de haber visto la cara que puso. Entonces toda la banda ya se iba a abalanzar sobre mí, pero fue impedida por un grupo de fundidores que estaban cerca y que querían ver una pelea limpia.

—¿Y quién venció? —le preguntó Saxon.

—Nadie —respondió el muchacho con reticencia—. Creí que le ganaba, pero los fundidores dijeron que había empate, y de pronto apareció un policía cuando apenas llevábamos media hora de pelea. Pero usted debía de haber visto la multitud que nos rodeaba. Apostaría a que eran como quinientos …

Bruscamente interrumpió sus palabras para levantar la línea. Saxon también levantó la suya. Y durante las dos horas que siguieron, entre ambos pescaron un total de piezas que pesaban cerca de veinte libras.


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