El Valle de la luna
El Valle de la luna Durante el día anterior a la salida de Billy de la prisión, terminó de hacer los modestos preparativos para recibirle. No tenía dinero, pero Billy se ofendería si pidiese prestadas unas cuantas monedas para tomar el ferry-boat y dirigirse a San Francisco para vender algunas de sus chucherías. En su casa tenía pan, patatas y sardinas saladas, y entonces, al atardecer, durante la hora de la marea baja, salió de su casa para recoger algunas almejas y hacer una sopa con ellas. También llevó un montón de ramas, y cuando dejó las marismas ya eran las nueve de la noche: sobre sus hombros cargaba con un hato de pequeñas leñas, y en la mano llevaba un cubo lleno de almejas. Al llegar a la esquina avanzó por el lado más oscuro de la calle y cruzó rápidamente la parte iluminada para escapar a las miradas indiscretas de los vecinos. Pero una mujer se le acercó y la miró fijamente deteniéndose en frente de ella: era Mary.
—¡Dios mío, Saxon! —exclamó ella—, ¿estás tan mal que has tenido que llegar a esto?