El Valle de la luna
El Valle de la luna Al mediodÃa siguiente se le presentó una oportunidad. Por encima del cercado de una pequeña granja contempló a un anciano que araba una y otra vez la tierra.
—Oh, es lo más fácil que hay —dijo Billy desdeñosamente—. Si un viejo cascote como ese puede manejar un arado, yo puedo con dos.
—Prueba —dijo Saxon.
—¿Con que objeto?
—Te falta decisión —bromeó ella risueñamente—. Todo lo que tienes que hacer es pedÃrselo, y lo único que cabe esperar es que se niegue. ¿Y que sucederá si te dice que no? Tú ya enfrentaste al «Terror de Chicago» durante veinte vueltas sin ceder ni una pulgada.
—Oh, eso es distinto —dijo Billy algo cohibido, y en seguida saltó el cerco—. Te apuesto dos contra uno a que el viejo no me toma en serio para nada.
—No, no hará eso. Simplemente le dices que quieres aprender y te permitirá dar un par de vueltas con el arado. Dile que no le costará nada.
—Uff, y si es avaro le arrancare su maldito arado de las manos.