El Valle de la luna

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IV

Esa noche, sentado al borde de la cama, en la pequeña habitación que tomaron en San José, Billy permanecía inmóvil, con una expresión abismada en el fondo de sus ojos.

—Bueno —declaró al fin, respirando profundamente—, después de todo se puede decir que en este mundo hay algunas personas admirables. Mira a la señora Mortimer, realmente es de las buenas…, una verdadera yanqui a la manera antigua.

—Es una dama delicada y culta —estuvo de acuerdo Saxon—, y no se avergüenza de trabajar la tierra por sí misma, e hizo marchar las cosas adelante.

—Y con veinte acres y no con diez… Y lo pagó todo consiguiendo mejorar las cosas al mismo tiempo, y se sostenía a sí misma y a cuatro personas más que estaban a su servicio, aparte de la mujer sueca y de su hija, y sin contar a su propia sobrina. Eso es lo que no puedo comprender. ¡Diez acres! Mi padre nunca hablaba de menos de ciento sesenta acres. Y hasta tu hermano Tom sigue hablando de grandes extensiones… Y ella no es más que una mujer. Tuvimos suerte al encontrarla.


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