El Valle de la luna
El Valle de la luna Tres dÃas después, el lunes, a una hora muy temprana, Saxon y Billy subieron a un coche del tranvÃa eléctrico en el extremo de la lÃnea y partieron por segunda vez en dirección hacia San Juan. El camino estaba cubierto de charcos pero el sol brillaba en medio de un cielo muy azul, y sobre el terreno, en todas partes, habÃa el indicio leve de una germinación de color verde. Saxon esperó en lo de Benson hasta que a Billy le pagaron los seis dólares por tres dÃas de trabajo con el arado.
—Está furioso como un cabrito porque le planto —dijo cuando volvió—. En un principio no me querÃa escuchar, me dijo que dentro de pocos dÃas me pondrÃa a manejar y que no habÃa muchos conductores buenos para dejarme marchar tan fácilmente.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Oh, que nos marchábamos, simplemente. Y cuando trató de discutir le dije que mi mujer estaba conmigo y que estaba muy ansiosa por marcharse.
—¿Siempre eres asÃ, Billy?
—Seguro, pequeña. Pero de todos modos no soy tan atento como tú. Con este trabajo que terminé me parece que ahora me agradará el trabajo con el arado. Y nunca más tendré miedo de solicitar esa clase de trabajo. Resistà como un burro y puedes jurar que sé arar mejor que muchos de ellos.