El Valle de la luna

El Valle de la luna

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VII

Dejaron atrás el río y el valle de Carmel y marcharon hacia el sur con el sol naciente, atravesando los cerros entre las montañas y el mar. El camino estaba lleno de barrancos y mostraba escasas señales de tránsito.

—La carretera se esfuma en ese punto, —dijo el marido—. De ahora en adelante sólo se verán huellas de cascos de caballos. Pero no veo indicaciones de árboles por aquí, y este suelo no me parece nada bueno. Sólo lo utilizan para pastar. Es como si dijéramos que no hay agricultura.

Las colinas estaban desnudas o cubiertas de hierba, pero sólo había árboles entre los desfiladeros mientras que las montañas, más altas y distantes estaban tapizadas por espesuras de arbustos. En cierta ocasión vieron deslizarse un coyote, y Billy se lamentaba de no tener una escopeta a mano cuando, de pronto, un gato montés le clavó su maligna mirada, como si estuviera resuelto a no huir, y entonces una masa de tierra se deshizo sobre sus rejas como una granada.

Saxon se quejó de la sed a lo largo de varias millas. Billy buscó agua en un punto del camino en que éste se hundía casi hasta el nivel del mar, cruzado por un arroyuelo. El pecho del mismo estaba lleno de pedruscos arrastrados desde las colinas, y dejó que su mujer descansara allí mientras trataba de hallar el manantial.


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