El Valle de la luna

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—Bueno, quedaré condenado —confesó Billy—. Eso es lo que se llama un muchacho. No es engreído. Es exactamente igual a Jim Hazard. Sencillamente, uno llega solo y se siente como en su casa, y uno vale tanto como él, o recíprocamente, y todos somos amigos.

—Pertenece a la antigua raza —dijo Saxon—. Me lo dijo mientras tú te cambiabas. Sus antepasados dieron la vuelta por Panamá antes de que se construyera el ferrocarril, y por lo que declaró creo que tiene bastante dinero.

—Pero no se conduce como si lo tuviera.

—¿Y no parece la encarnación misma de la alegría? —exclamó Saxon.

—Sí, es un verdadero humorista. ¡Es un poeta!…, si uno fuese como él…

—Oh, no sé, Billy… He oído que muchos poetas son gente muy curiosa.

—Es cierto. Uno llega a pensar de esa manera. Por ejemplo, allí está Joaquín Miller, que vive en las montañas detrás de Fruitvale. Es un hombre raro, ciertamente. Vive muy cerca del lugar donde me declaré a ti. También creía que los poetas llevaban barbas y gafas, pero nunca que acostumbraban a usar tan poca ropa que casi se hallan fuera de la ley, o que recogiesen almejas y treparan a las rocas como si fueran cabritos.


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