El Valle de la luna

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Y como todos jugaban, por lo tanto ¡Viva el juego! Y nadie ponía ningún impedimento porque a nadie se le impedía jugar. Como ya dije, los que perdían se dirigían hacia las fronteras del desierto y allí hacían nuevas apuestas. El que ganaba hoy, si mañana era arruinado podía al día siguiente si tenía suerte, llegar hasta el máximo que permiten las cartas. Y de esa manera devoraron sin saciarse jamás desde el Atlántico hasta el Pacífico, y emporcaron todo el continente. Y cuando liquidaron tierras, bosques y minas, empezaron a apostar con cualquier cosa pequeña que habían dejado pasar por descuido, y jugaron por concesiones y monopolios, utilizaron la política para proteger sus manejos canallescos y sus juegos de asalto. Y así fue que la democracia quedó destrozada. Y entonces llegó el momento más divertido de todos: los perdedores ya no podían hacer más apuestas, mientras que los que habían ganado comenzaron a desplumarse entre sí. A los perdedores sólo les restaba quedarse mirando con las manos metidas en los bolsillos, y cuando se sintieron hambrientos fueron en busca, rogando sombrero en mano, de un puesto hacia los que habían ganado. Y los perdedores comenzaron a trabajar para los ganadores, y desde entonces continúa la misma situación, y la democracia se descarriló en Salt Creek. Usted, Billy Roberts, seguramente nunca hizo una apuesta en su vida, y eso es seguramente porque los suyos pertenecieron a la clase de los vencidos.


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