Historias de los siglos futuros
Historias de los siglos futuros Pasó un rato, empezó a llover y Emile Gluck que había recobrado el conocimiento, lloraba impotente, bajo el chaparrón. La pierna habría tenido que ser curada inmediatamente. En las condiciones presentes, la inflamación se extendió rápidamente y el asunto tomó un mal cariz. Al cabo de dos horas, las vecinas indignadas estallaron en reproches contra Anne Bartell. Esta salió, miró al niño postrado, le propinó una patada en las costillas, y renegó de él dando gritos histéricos. Ya no le pertenecía, clamó.
Al final, aconsejó pedir una ambulancia para trasladarlo al hospital de la ciudad y volvió a su guarida.
Fue una transeúnte, Elizabeth Shepstone, quien enterada del accidente, ayudó a postrar el niño sobre una tabla, llamó al médico por teléfono y luego, apartando de un codazo a la arpía, hizo entrar en la casa al doctor.
Cuando éste llegó, Anne Bartell le advirtió inmediatamente que no pagaría su asistencia. Durante un mes el pequeño Emile estuvo inmovilizado, echado de espaldas sin poder moverse ni una sola vez: más tarde estuvo en cama treinta días más, abandonado y solitario, aparte de algunas visitas gratuitas del fatigado galeno.