La gente del abismo
La gente del abismo Al principio, casi no había conversación, hasta que el tipo que tenía delante y el de detrás descubrieron que habían estado enfermos de viruela en el mismo hospital y al mismo tiempo, aunque el hecho de que hubiera mil seiscientos pacientes había impedido que se conocieran. Pero subsanaron esa circunstancia discutiendo y comparando los aspectos más desagradables de su enfermedad de la manera más tranquila y natural del mundo. Me enteré de que la mortalidad era de uno por cada seis enfermos, que uno de ellos había permanecido allí tres meses y el otro tres meses y medio y que ambos estaban “podridos”. En este punto se me empezaron a poner los pelos de punta y les pregunté cuánto hacía que estaban fuera. Dos semanas uno y tres semanas el otro. Sus rostros se veían demacrados, aunque se dijeron el uno al otro que no era así y, además, en sus manos y bajo las uñas aún podían observarse las costras. Para ilustrarme uno de ellos se arrancó una pústula, que voló por los aires. Me encogí en mis ropas, deseando en silencio que no me hubiese caído encima.