La gente del abismo

La gente del abismo

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A las ocho bajamos a un piso situado debajo de la enfermería, donde nos trajeron té y las sobras del hospital. Estaban amontonadas en una bandeja de una forma que no se puede describir: mendrugos de pan, pedazos de grasa y de carne de cerdo, huesos, en resumen, los restos dejados por los dedos y las bocas de pacientes que sufrían toda clase de males. Los hombres hundieron sus manos en este revoltijo, hurgando, aferrando, manoseando, abandonando, examinando y rebuscando. No era un bonito espectáculo. Los cerdos no lo hubieran hecho peor. Pero aquellos desgraciados tenían hambre y comieron la bazofia vorazmente, y cuando ya no pudieron más envolvieron los restos en sus pañuelos y los guardaron debajo de las camisas.

—La otra vez que estuve aquí me topé allá fuera nada menos que con un montón de costillas de cerdo —me dijo Jengibre. «Allá fuera» era el lugar donde se amontonaba toda aquella corrupción que era rociada con el desinfectante—. Eran de primera, y salí a la calle buscando a alguien a quien dárselas. No vi a nadie y corrí como un loco, con un tío persiguiéndome porque creía que me estaba largando. Pero antes de que me cogiera encontré a una vieja y se las metí en el delantal.



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