La gente del abismo
La gente del abismo ¡Oh Caridad, Oh FilantropĂa, bajad al clavo y aprended de Jengibre! Estando en el fondo del Abismo llevĂł a cabo un acto tan puro y altruista como se pueda efectuar fuera del Abismo. Fue maravilloso por parte de Jengibre y aunque la vieja acabara contagiada de algo por aquellas costillas “de primera”, la acciĂłn continĂşa siendo maravillosa, aunque un poco menos. Pero lo más notable de este incidente, me parece a mĂ, es que el pobre Jengibre se volviese “como loco” a la vista de tanta comida desperdiciada.
Es norma en el albergue que quien entre estĂ© allĂ dos noches y un dĂa; pero yo ya habĂa visto bastante para mi propĂłsito, habĂa pagado por mis gachas y mi lona y estaba listo para huir de allĂ.
—Vamos, salgamos deprisa—le dije a uno de mis compañeros señalando la puerta por la que habĂa entrado el coche mortuorio.
—¿Y que me echen catorce dĂas? —No, sĂłlo nos damos el piro.
—No, yo he venido a descansar —dijo complaciente y pasar otra noche aquĂ no me va a hacer ningĂşn daño. Todos compartĂan su opiniĂłn, de modo que tuve que «darme el piro» yo solo.
—Jamás podrás volver—me advirtieron.
—No hay miedo, diablos —contestĂ© con un entusiasmo que no podĂan comprender; entonces, escabullĂ©ndome a travĂ©s de la puerta, corrĂ calle abajo.