La gente del abismo

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A las siete y media se abrió una puertecilla por la que asomó la cabeza un soldado del Ejército de Salvación. —No tapéis el paso —dijo—. Los que tengan el vale pueden entrar ahora, y los que no, no pueden hacerlo hasta las nueve.

¡Dichoso desayuno! ¡Hasta las nueve! ¡Todavía tardaría una hora y media! Teníamos envidia de los que poseían el vale. Se les permitió entrar, lavarse, sentarse y descansar hasta que llegara la hora, mientras nosotros esperábamos en la calle. Los vales habían sido distribuidos la noche anterior en la zona del Embankment, y su posesión no era debida a ningún mérito, sino a la suerte.

A las ocho y media se permitió la entrada a más hombres con vale, y a las nueve la puertecilla se abrió para nosotros. Conseguimos, pues, entrar, y nos encontramos en un patio, apretados como sardinas. En más de una ocasión, como vagabundo yanqui en Yanquilandia, he tenido que trabajar a cambio de mi desayuno, pero ninguno me costó tanto trabajo como éste. Estuve dos horas esperando en la calle, y durante otra hora tuve que esperar en el patio atestado. No había comido en toda la noche y me sentía débil y exhausto mientras que el olor de las ropas sucias y los cuerpos sin lavar, acentuado por el calor animal y la proximidad, me revolvía el estómago. Estábamos tan apiñados que algunos se durmieron de pie.


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