La gente del abismo
La gente del abismo Los echó de los portales como si se tratara de una piara de cerdos, hasta que los dispersó a los cuatro vientos de Surrey. Pero cuando vio la multitud que dormÃa en la escalinata se congestionó.
—¡Es un escándalo! —exclamó—. ¡Un escándalo! ¡Y en domingo! ¡Vaya espectáculo! ¡Ea, ea! ¡Largo, malditos estorbos!

Cuarteles del Ejército de Salvación, cerca del teatro de Surrey.
Desde luego era un espectáculo escandaloso. Yo mismo estaba escandalizado. No permitirÃa que mi hija se ensuciara los ojos con semejante escena ni le permitirÃa acercarse a una milla de distancia, pero… ése es el problema, que lo único que puede decirse es pero.
El policÃa siguió su camino, y de nuevo nos apiñamos como moscas en torno a una jarra de miel. ¿Acaso no nos esperaba un maravilloso desayuno? No nos hubiéramos apiñado con más energÃa y desesperación si hubiesen regalado billetes de un millón de dólares. Algunos se habÃan vuelto a dormir cuando regresó el policÃa y de nuevo nos desperdigamos, para agruparnos nuevamente en cuanto estuvo despejado el horizonte.