La gente del abismo

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Fue una caminata fatigosa. Arrastré mis piernas por St. James Street, seguí por Pall Mall, crucé Trafalgar Square hasta el Strand. Por el puente de Waterloo pasé a Surrey, corté por Blackfriars Road, salí cerca del teatro Surrey y llegué a los cuarteles del Ejército de Salvación antes de las siete. Era “la espita”. En argot, “la espita” significa un lugar donde se puede comer gratis.

Había una abigarrada multitud de indigentes que habían pasado la noche bajo la lluvia. ¡Qué prodigiosa y abundante miseria! Viejos, jóvenes, toda clase de hombres aún aprovechables, toda clase de muchachos. Alguno dormitaba de pie, muchos yacían en los escalones en las más dolorosas posturas, todos ellos profundamente dormidos, la piel de sus cuerpos enrojecida en los rotos y desgarrones de sus harapos. A uno y otro lado de la calle, cada portal contenía dos o tres clientes, todos durmiendo, con las cabezas reclinadas en las rodillas. Hay que recordar que éstos no son tiempos especialmente difíciles para Inglaterra. Los negocios marchan como siempre, y no es una época ni buena ni mala.

Luego llegó el policía.

—Fuera de aquí, malditos cerdos. ¡Ea, ea! ¡Largo de una vez!


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