La gente del abismo
La gente del abismo Se calcula que sólo Kent demanda ochenta mil de estas personas para recoger sus lúpulos. Llegan atendiendo a una llamada, que es el grito de auxilio de sus estómagos y del espíritu aventurero que aún conservan. Las miserables calles y los ghettos los empujan adelante, pero la podredumbre de los suburbios y los ghettos nunca los abandona. Recorren el país como un ejército de profanadores, y el pueblo los rechaza. Están fuera de lugar. Son como una casta maldita surgida de la tierra, que arrastra sus deformes cuerpos por carreteras y caminos. Su presencia, el solo hecho de que existan, es un ultraje al esplendor del sol y a los verdes frutos del campo. Los limpios y firmes árboles se avergüenzan de ellos y de su marchita encorvadura, su putridez es una asquerosa ofensa al dulzor y pureza de la naturaleza.