La gente del abismo
La gente del abismo Suponiendo que, dado nuestro argumento, éramos lo que representábamos, es decir, pobres de solemnidad, nos encontrábamos ante esta situación; la noche a punto de caer; sin cenar, ni mucho menos comer; y con seis peniques compartidos. Yo tenÃa hambre suficiente como para comer por el triple del valor de los seis peniques, y Bert no estaba mucho mejor. Una cosa estaba clara. Si saciábamos nuestro apetito en un 16,3 por ciento, nos gastarÃamos los seis peniques, pero nuestros estómagos seguirÃan corroyéndose en un 83,3 por ciento por debajo de lo que era justo. Estábamos nuevamente arruinados, podrÃamos dormir al abrigo de un seto, lo cual no serÃa tan malo si no fuese porque el frÃo se iba a encargar de consumir una inconmensurable porción de lo que habÃamos comido. Al dÃa siguiente era domingo y no tenÃamos que trabajar, pero nuestros estúpidos estómagos no tenÃan en cuenta esa circunstancia. El problema era ahora el siguiente: cómo conseguir tres comidas para el domingo y dos para el lunes (puesto que no podÃamos recibir otro adelanto hasta el lunes por la tarde). SabÃamos que los albergues estaban atestados; si mendigábamos en las granjas o en el pueblo lo más probable serÃa acabar pasando catorce dÃas en la cárcel. ¿Qué nos quedaba por hacer? Nos miramos desesperanzados…