La gente del abismo
La gente del abismo La suya era una vida modesta. Sus necesidades eran bien pocas: una jarra de cerveza al final del dÃa para beberla a sorbos en la cocina, un semanario que hojear durante los siguientes siete dÃas y una conversación tan contemplativa e irreflexiva como el rumiar de un ternero. Un grabado en madera colgaba de la pared, con la imagen de una angelical muchacha, bajo cuya estampa se podÃa leer:
«Nuestra Futura Reina». Al lado una litografÃa mucho más colorida en la que se apreciaba a una dama robusta y ya mayor, con otra leyenda: «Nuestra Reina. Aniversario de Diamante».
—Lo que uno logra ganar por sà mismo es lo que mejor sabe —dijo Mrs. Mugridge al sugerirles que tal vez habÃa llegado la hora en que se tomaran un descanso.
—No, no queremos su ayuda —contestó Thomas Mugridge a mi pregunta de si sus hijos les echaban una mano. —Seguiremos trabajando hasta quedarnos sin aliento —agregó, y su mujer lo respaldó enérgicamente.
Mrs. Mugridge habÃa dado a luz a quince hijos; todos se habÃan marchado o habÃan muerto. La «pequeña», sin embargo, que tenÃa veintisiete años, vivÃa en Maidstone. Cuando los hijos se casaban pasaban a ocuparse de sus propias familias y problemas, igual que lo hicieran sus padres.