La gente del abismo
La gente del abismo ¡Pobre M’Garry! RecibÃa un salario superior que sus compañeros porque era ambicioso y hacÃa turnos extra, cuando el trabajo era más duro era el elegido. De repente sucede el fatal accidente y se ve obligado a acudir al albergue. La única alternativa era regresar a Irlanda y que sus amigos cargaran con él para el resto de su vida. Sobra cualquier comentario.
Queda claro que la productividad no la determinan los propios trabajadores, sino la demanda de trabajo. Si tres hombres aspiran a un mismo empleo, se hará con él el más eficiente. Los otros dos, no importa lo competentes que sean, se han convertido en ineficaces. Si Alemania, Japón y Estados Unidos absorbieran por completo el mercado mundial del acero, el carbón y los textiles, cientos de miles de obreros ingleses perderÃan sus trabajos. Algunos emigrarÃan, pero el resto se abalanzarÃa sobre las industrias que hubiesen permanecido. Una tremenda sacudida asolarÃa a los trabajadores llevándolos hasta el lÃmite; cuando se tornara a la normalidad, la cantidad de improductivos en el borde del Abismo habrÃa aumentado en cientos de miles. Desde otro punto de vista, si el trabajo se mantuviera y los obreros fuesen capaces de doblar su productividad, tampoco variarÃa el número de ineficaces, aunque multiplicaran su competencia siempre habrÃa quien los superara.