La gente del abismo
La gente del abismo Para los obreros esto no parece tener la menor importancia, a juzgar por su comportamiento en la mesa. Comer es necesario, asà que no se andan con remilgos. Su voracidad es tan primitiva que, estoy convencido, obtienen una saludable y placentera digestión. Cuando antes de empezar su jornada de trabajo uno de estos hombres se detiene para pedir una jarra de té, que tiene de té lo que de ambrosÃa, se entiende que su estómago no está bien alimentado para todo un dÃa de trabajo. Por este motivo ni él, ni mil como él podrán trabajar con el mismo empeño y cuidado con que otros mil hombres trabajarÃan si hubiesen comido carne y patatas en condiciones y hubiesen bebido café, que no aquella burda imitación.
Una jarra de té, salmón (o arenque ahumado), y dos rebañadas de pan y mantequilla son un excelente almuerzo para un trabajador londinense. Pero para ellos era absurdo pedir un filete de carne de cinco o seis peniques (el más barato), y si era yo quien lo pedÃa el propietario enviaba a alguien a buscarlo a la carnicerÃa más cercana.