La gente del abismo
La gente del abismo El Juez felicitó a la mujer por su buena forma física, lo que provocó las risas del público presente en la sala. Sin embargo yo sólo podía ver a un muchacho que en su despertar a la vida buscaba desesperadamente la muerte, no hallé un solo motivo en todo aquello que me pudiera hacer sonreír.
Un hombre declaraba ahora en el estrado de los testigos para certificar el buen carácter del chaval. Era o había sido su capataz. Alfred era un chico excelente, pero con demasiados problemas en casa, asuntos de dinero. Su madre estaba enferma. Empezó a preocuparse de tal forma que dejó de hacer bien su trabajo. Él (el capataz), para no perder su buena reputación, se había visto obligado a pedirle que abandonara su puesto.
—¿Algo que añadir? —reclamó el Juez bruscamente.
El muchacho masculló algo ininteligible. Estaba como fuera de sí.
—Alguacil, ¿qué ha dicho el acusado? —preguntó el Juez, ahora con tono impaciente.
El hombre de uniforme azul acercó su oído a los labios del muchacho y luego dijo en voz alta:
—Dice que lo lamenta mucho, su Señoría.
—Llévenselo —sentenció su Señoría; y pasó a ocuparse sin más dilaciones del siguiente caso, el primer testigo ya prestaba juramento.