La gente del abismo

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Cuando todavía reflexionaba sobre el caso de un famélico atracador al que castigaron con un año de trabajos forzados, a pesar de haber alegado éste incapacidad para trabajar y la necesidad impetuosa de hallar sustento para su familia, ya se había sentado en el banquillo un joven de veinte años: Alfred Freeman. Escuché su nombre pero no supe de qué lo acusaban. Una robusta mujer con aspecto de madraza se sentó en el estrado de los testigos e inició su declaración. Como pude saber más tarde, se trataba de la esposa del guarda de la esclusa Britannia. Era de noche; de repente oyó como si alguien hubiese caído al canal; corrió hacia la esclusa y allí se encontró al prisionero, en el agua.

Interior del Tribunal Policial del Támesis.

Miré fijamente a la mujer, luego al muchacho. De modo que ésa era la acusación: suicidio. El joven permanecía allí impávido, ausente, el flequillo de su pelo castaño descansaba sobre su frente, en su rostro todavía de niño se reflejaba el dolor y el miedo.

—Sí, señor —continuaba diciendo la mujer del guarda de la esclusa.

—Tan pronto como pude me abalancé sobre él pero cuánta más fuerza hacía yo para sacarlo, más hacía él para hundirse. Pedí ayuda y se acercaron algunos obreros, finalmente pudimos entregarlo a las autoridades.


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