La gente del abismo
La gente del abismo Donde el hogar es una choza, y torpemente
nos hundimos en la vileza,
olvidando que el mundo es hermoso.
Hay un único espectáculo, sólo uno, que resulta digno de ver en el East End: se trata del juego de los niños que bailan al son del organillo. Resulta extraordinario contemplar a esa nueva generación, el futuro, haciendo cimbrear y contonear sus menudos cuerpos, con preciosas monerÃas y graciosos gestos recién inventados, moviéndose suave y grácilmente, danzando ligeros, tejiendo ritmos que nunca nadie enseñó en las escuelas de baile.
He hablado con estos niños aquÃ, allá y en todas partes, y me he quedado asombrado al descubrir que son tan ingeniosos como los otros, incluso más en muchos sentidos. Su imaginación es aplastante. Son capaces de proyectarse al mismÃsimo reino de lo romántico y la fantasÃa. Por sus venas fluye una vida cargada de alegrÃa. Disfrutan con la música, el bullicio, el color, y muy a menudo bajo los trapos y harapos que los arropan se esconde una sorprendente belleza de cuerpo y rostro.

Al son del organillo.
