La gente del abismo
La gente del abismo Claro que podÃa, pero me di cuenta de que incluso los tres peniques de mi bolsillo eran una fortuna para aquella caterva, y con objeto de hacer desaparecer cualquier posibilidad de envidia me desprendà de las monedas. Me despedà de mis amigos y, con el corazón saltándome en el pecho, avancé por la calle y me situé en la cola. Aquella pobre gente que se tambaleaba hacia la muerte tenÃa un aspecto calamitoso, más calamitoso de lo que pueda imaginarse.
Junto a mà habÃa un hombre bajo y fornido. Fuerte y sano, aunque ya mayor, de facciones marcadas, con la dura y curtida piel proporcionada por años de exposición al sol y a los vientos, tenÃa los inconfundibles rostro y ojos del hombre de mar. Y al instante me vino a la memoria un fragmento del Galeote de Kipling:
Con el estigma de mis hombros, con las heridas de grilletes de acero;
Con las señales que me dejaron los látigos, con las heridas que nunca sanan;
Con los ojos envejecidos escrutando el soleado mar, Estoy pagado por mis servicios…
Cuán acertado estuve en mi suposición y cuán apropiado era el poema lo sabrán enseguida.