La gente del abismo
La gente del abismo —No lo aguantaré mucho tiempo, no señor —se quejaba a su vecino—. Destrozaré un escaparate, uno muy grande, y me meterán entre rejas catorce dÃas. Entonces tendré dónde dormir y mejor comida que aquÃ. Aunque echaré de menos mi tabaco —dijo esto último con resignación—. He pasado dos noches al raso — continuó—; la noche pasada me empapé, y no estoy dispuesto a aguantarlo más. Me estoy haciendo viejo y cualquier mañana me encontrarán muerto.
Se volvió hacia mà con fiereza.
—No llegues a viejo, muchacho. Muérete siendo joven o acabarás como yo. Te lo aseguro. Tengo ochenta y siete años y he servido a mi paÃs como un hombre. Tres galones por buena conducta y la Cruz Victoria, y esto es lo que recibo a cambio. Ojalá estuviera muerto, ojalá lo estuviera.
Se le humedecieron los ojos, pero antes de que el otro lo consolara se puso a tararear una canción de marineros como si en el mundo no existieran las penas.
Ante mi insistencia, me contó esta historia mientras esperaba en la cola del albergue, después de pasar dos noches a la intemperie: