La gente del abismo

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Hubo consejo de guerra, o como quiera que se llame en la marina. Me recitó la sentencia, letra por letra, como si se la hubiese aprendido de memoria y repetido amargamente muchas veces. Y éste es, en aras de la disciplina y del respeto a oficiales que no siempre son caballeros, el castigo recibido por un hombre culpable de haberse portado con hombría. Ser degradado a marinero raso; perder las pagas que se le debían; privársele del derecho a pensión; renunciar a la Cruz Victoria; ser expulsado de la marina por su carácter (ésta era su mayor ofensa); recibir cincuenta latigazos; y pasar dos años en prisión.

—Ojalá me hubiese ahogado aquel día, ojalá Dios lo hubiese querido —terminó, al tiempo que la cola avanzaba y doblábamos la esquina.

Al fin pudimos ver la puerta, por la que los indigentes eran admitidos por grupos. Y entonces me enteré de algo sorprendente: siendo miércoles, ninguno de nosotros podría salir hasta el viernes por la mañana. Y lo que era peor —tomen nota los fumadores—: no se nos permitiría entrar con tabaco. Había que entregarlo en la puerta. A veces, me dijeron, lo devolvían al salir, y otras veces era destruido.



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