La gente del abismo
La gente del abismo Recogían, de la acera fangosa y llena de escupitajos, trozos de piel de naranja y de manzana, restos de uva, y los comían. Rompían con los dientes huesos de ciruela para aprovechar la almendra. Recogían mendrugos de pan del tamaño de un guisante, corazones de manzana tan negros y sucios que no parecían tales, y esas cosas se las llevaban a la boca, las masticaban y las engullían. Y esto sucedía entre las seis y las siete de la tarde, el 20 de agosto del año de gracia de 1902, en el corazón del más grande, más rico y más poderoso imperio que el mundo jamás ha visto.
Los dos hombres charlaban. No eran estúpidos, sólo un par de viejos. Y, naturalmente, con las entrañas llenas de las porquerías del asfalto, hablaban de revolución. Hablaban como lo harían los anarquistas, los fanáticos y los locos. ¿Y quién les podría culpar por ello? A pesar de mis tres buenas comidas al día, y de la buena cama que podía ocupar cuando quisiera, y de mi filosofía social, y de mi creencia en el lento desarrollo y metamorfosis de las cosas… a pesar de todo ello, insisto, me sentía impulsado a decir sandeces como ellos o sujetar mi lengua. ¡Pobres locos! No son los de su especie los que hacen las revoluciones. Cuando estén muertos y convertidos en polvo, cosa que no tardará en ocurrir, otros dementes hablarán de revolución mientras recogen porquerías de la acera llena de escupitajos en Mile End Road, camino del albergue de Poplar.