Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Caminando en línea recta por la playa, Raoul se dirigió hacia una cabaña construida bajo un árbol de pandano. Era el agente comercial de su madre, y su trabajo consistía en rastrillar todas las Paumotus buscando la riqueza de la copra, las ostras y las perlas que estas islas producían. Era nuevo en el oficio, y aquel era el segundo viaje que hacía con esa misión; le preocupaba mucho su falta de experiencia para tasar perlas. Pero cuando Mapuhi le mostró la suya, se las ingenió para contener el sobresalto que le provocó, y para mantener la expresión indiferente, comercial, de su rostro. Porque aquella perla le había causado una profunda impresión. Era grande como un huevo de paloma, una esfera perfecta, de una blancura que reflejaba luces opalescentes de todos los colores en torno a ella. Estaba viva. Jamás había visto nada semejante. Cuando Mapuhi la dejó caer en su mano, le sorprendió su peso, que demostraba que la perla era buena. La examinó detenidamente, con una lente de aumento de bolsillo. No tenía defectos ni imperfecciones. Su pureza parecía casi disolverse en la atmósfera, fuera de su mano. A la sombra era suavemente luminosa, como una tierna luna. Su blancura era tan traslúcida que cuando la dejó caer en un vaso tuvo dificultad para encontrarla. Se había dirigido al fondo tan directa y rápidamente, que él comprendió que su peso era excelente.