Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Éste fue el comienzo. Ambos abordaron el problema con toda la tremenda energÃa que los caracterizaba, y con un rencor y encono que me hizo temer el éxito de uno de los dos. Cada uno depositó en mà la máxima confianza, y en las largas semanas de experimentación que siguieron me convertà en confidente de ambos, escuché sus teorÃas y presencié sus demostraciones. Pero nunca, ni con palabras, ni con señas de ningún otro tipo, transmità a uno el menor indicio del progreso del otro, y ambos me respetaron por mi silencio.
Lloyd Inwood, después de trabajar larga e ininterrumpidamente, tenÃa un extraño método para encontrar alivio cuando la tensión fÃsica y mental era excesiva: comenzó a frecuentar encuentros de pugilato. Fue durante el curso de una de esas brutales exhibiciones a la que me habÃa arrastrado para comunicarme los últimos resultados de sus investigaciones, cuando su teorÃa recibió una confirmación sorprendente.
—¿Ves a aquel hombre de patillas rojas? —me preguntó, señalando a través del ring la quinta hilera de asientos del lado opuesto—. Y ¿ves a su vecino, el del sombrero blanco? Bueno, hay un cierto espacio entre los dos, ¿no es cierto?
—Seguro —contesté—. Están separados por un asiento. El asiento vacÃo es el claro entre los dos.
Lloyd se inclinó hacia mà y me habló seriamente.