Las Muertes concentricas

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El pensamiento llenó al viejo de pánico por un momento, y extendió una mano trémula que vagó temblorosa sobre la pequeña pila de leña seca que había a su lado. Una vez que se hubo asegurado de que, en efecto, estaba allí, su mano volvió al refugio de sus pieles sarnosas, y él se dedicó nuevamente a escuchar. El áspero crujido de pieles semicongeladas le informó que la tienda de piel de alce del jefe había sido desarmada, y que en ese momento la estaban plegando y comprimiendo para poder transportarla. El jefe era su hijo, fornido y fuerte, cabeza de la tribu y un cazador formidable.

Mientras las mujeres se afanaban con los trastos del campamento, su voz se elevó para increparlas por su lentitud. El viejo Koskoosh aguzó el oído. Era la última vez que escucharía esa voz. ¡Ahí se iba la tienda de Geehow! ¡Y la de Tusken! Siete, ocho, nueve; sólo la del hechicero podía quedar todavía en pie. ¡Ah, ahora trabajaban en ella! Pudo escuchar el gruñido del hechicero mientras la cargaba en el trineo. Un niño lloriqueó y una mujer lo calmó con una suave cantinela gutural. El pequeño Koo - tee, pensó el anciano, un chico inquieto y no demasiado fuerte. Tal vez moriría pronto, y abrirían un hoyo, con fuego, en la tundra helada, y apilarían rocas encima para alejar a los glotones.


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