Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Bueno, ¿qué importaba? Unos pocos años más, en el mejor de los casos, y tantos estómagos vacÃos como llenos. Y al final, aguardaba la Muerte, siempre hambrienta, de todos ellos la más hambrienta.
¿Qué era eso? Oh, los hombres atando los trineos y poniendo tensas las correas. Él, que ya no oirÃa más, escuchó. Los látigos gruñÃan y dentelleaban entre los perros. ¡Cómo gemÃan! ¡Cómo odiaban el trabajo y la senda! ¡Ya partÃan! Trineo tras trineo, agitaban la nieve y se alejaban lentamente, hacia el silencio. No estaban más. Se habÃan ido de su vida y él enfrentaba, solo, la última hora amarga. No. La nieve crujió bajo un mocasÃn; habÃa un hombre a su lado; una mano se posó con suavidad en su cabeza. Su hijo era bueno al hacer esto. Él recordaba a otros ancianos cuyos hijos no habÃan esperado tras la partida de la tribu. Pero su hijo sÃ. Se dejó llevar hacia el pasado, hasta que la voz del joven lo trajo de vuelta al presente.
—¿Estás bien? —preguntó.
Y el viejo respondió:
—Estoy bien.
—Hay leña a tu lado —continuó el más joven—, y el fuego arde bien. La mañana está gris y helada. Pronto va a nevar. Ya está nevando.
—SÃ, ya está nevando.