Las Muertes concentricas

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La imagen, como todas las impresiones de la juventud, permanecía imborrable en él, y sus ojos empañados vieron el fin con tanta nitidez como en esa época lejana. Koskoosh se maravillaba de esto, porque en los días que siguieron, cuando era dirigente de hombres y jefe de los consejeros, había realizado grandes hazañas y había hecho que su nombre fuera una maldición en boca de los pelly, y ni qué hablar del extraño hombre blanco que había matado, cuchillo contra cuchillo, en lucha abierta.

Durante un largo rato, reflexionó acerca de los días de su juventud, hasta que el fuego fue languideciendo y la helada mordió con más fuerza. Esta vez lo alimentó con dos ramitas, y evaluó su asidero en la vida por lo que quedaba en él. Si Sit-cum-to-ha se hubiese acordado de su abuelo, y recogido una brazada más grande, sus horas se hubiesen prolongado. Hubiera sido fácil. Pero ella fue siempre una chiquilla descuidada, y desde el momento en que Castor, el hijo de Zing - ha, había posado su mirada en ella por primera vez, ya no honraba a sus antepasados. Bueno, ¿qué importaba? ¿Acaso él no había hecho lo mismo, en su propia, fugaz juventud? Escuchó un rato el silencio. Tal vez el corazón de su hijo se ablandara, y volviera con los perros para conducir a su anciano padre con la tribu, hacia donde abundaba el caribú con su espesa grasa.


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