Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Aguzó los oídos, su inquieto cerebro se calmó un momento. Ningún movimiento, nada. Sólo él respiraba en el gran silencio. ¡Eh! ¿Qué era eso? Un escalofrío le recorrió el cuerpo. El aullido familiar, prolongado, quebró el vacío, y estaba muy cerca. Entonces, en sus ojos oscurecidos se proyectó la visión del alce —el viejo alce macho con los flancos desgarrados y cubiertos de sangre, el pelaje revuelto y dos grandes cuernos ramificados, bajos y arremetiendo hasta el fin—. Vio las centelleantes formas grises, los ojos fulgurantes, las lenguas que colgaban, los colmillos rezumando baba. Y vio el inexorable círculo que se cerraba hasta que se convirtió en un punto oscuro en medio de la nieve pisoteada.