Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas Un hocico frío le rozó la mejilla y el contacto hizo saltar su alma al presente. Su mano se lanzó al fuego y arrastró una rama encendida. Sojuzgada un instante por su ancestral temor al hombre, la bestia retrocedió, lanzando a sus hermanos un prolongado llamado; y éstos respondieron con avidez hasta que en torno al viejo se extendió un anillo gris, agazapado, con hilos de baba en las mandíbulas. El anciano escuchó cómo se cerraba el círculo. Agitó el tizón furiosamente, y los olfateos se convirtieron en gruñidos; pero las fieras anhelantes se negaron a dispersarse. De pronto uno avanzó con cautela, adelantando el pecho primero, arrastrando las ancas después; luego un segundo, y un tercero. Pero ninguno retrocedió. ¿Por qué habría de aferrarse a la vida?, se preguntó, y dejó caer en la nieve el tizón ardiente. Este siseó y se apagó. El círculo gruñó inquieto, pero se mantuvo en su puesto. Koskoosh volvió a ver la última batalla del viejo alce macho, y dejó caer cansadamente la cabeza en las rodillas. Al final de cuentas, ¿qué importaba? ¿No era ésa la ley de la vida?