Las Muertes concentricas

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El Aorai descendió con destreza una chalupa, a la que saltaron media docena de marineros de piel cobriza, vestidos sólo con taparrabos color escarlata. Tomaron los remos, mientras en la popa, empuñando el timón, permanecía un joven ataviado de blanco, según la moda de los europeos en el trópico. Pero no era totalmente europeo. La ascendencia polinesia se revelaba en el tono dorado de su piel clara, y mezclaba resplandores luminosos al centelleo azul de los ojos. El joven era Alejandro Raoul, el hijo menor de Marie Raoul, una acaudalada mujer con un cuarto de sangre polinesia, propietaria y administradora de una media docena de goletas mercantes semejantes al Aorai. Atravesando un remolino apenas fuera de la entrada, y el torbellino de la hirviente marejada, el barco se abrió camino hacia la calma espejada de la laguna. El joven Raoul saltó a la blanca arena y estrechó la mano a un nativo de elevada estatura. El pecho y las espaldas del hombre eran magníficos, pero el muñón del brazo derecho, bajo el que el hueso, blanqueado por el tiempo, se proyectaba varias pulgadas, testimoniaba el encuentro con un tiburón, que había puesto fin a sus días de buzo, y lo había convertido en un individuo servil y un intrigante de pequeños favores.




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